Diego José de Cadiz, Beato
D
Presbítero CapuchinoMartirologio Romano: En Ronda, en Andalucía, región de España,
beato Diego José de Cádiz (Francisco José) López-Caamaño, presbítero de
la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, predicador insigne y
propugnador intrépido de la libertad de la Iglesia (1801).
Etimológicamente:
Diego = Aquel que es instruido, es de origen griego.Treinta años de activísima vida misionera
no caben en unas páginas. No es posible reducir a
tan breve síntesis la labor de este apóstol capuchino, que,
siempre a pie, recorrió innumerables veces Andalucía entera en todas
direcciones; que se dirigió después a Aranjuez y Madrid, sin
dejar de misionar a su paso por los pueblos de
la Mancha y de Toledo; que emprendió más tarde un
largo viaje desde Roma hasta Barcelona, predicando a la ida
por Castilla la Nueva y Aragón, y a la vuelta
por todo Levante; que salió, aunque ya enfermo, de Sevilla
y, atravesando Extremadura y Portugal, llegó hasta Galicia y Asturias,
regresando por León y Salamanca.
Pero hay que recordar, además, que
en sus misiones hablaba varias horas al día a muchedumbres
de cuarenta y aun de sesenta mil almas (y al
aire libre, porque nuestras más gigantescas catedrales eran insuficientes para
cobijar a tantos millares de personas, que anhelaban oírle como
a un «enviado de Dios»); que tuvo por oyentes de
su apostólica palabra, avalada siempre por la santidad de su
vida, a los príncipes y cortesanos por un lado y
a los humildes campesinos por otro, a los intelectuales y
universitarios y a las clases más populares, al clero en
todas sus categorías y a los ejércitos de mar y
tierra, a los ayuntamientos y cabildos eclesiásticos y a los
simples comerciantes e industriales y aun a los reclusos de
las cárceles; que intervino con su consejo personal y con
su palabra escrita, bien por dictámenes más o menos públicos,
bien por su casi infinita correspondencia epistolar, en los principales
asuntos de su época y en la dirección de muchas
conciencias; que escribió tal cantidad de sermones, de obras ascéticas
y devocionales, que, reunidas, formarían un buen número de volúmenes;
que caminaba siempre a pie, con el cuerpo cubierto por
áspero cilicio, pero alimentando su alma con varias horas de
oración mental al día; y que, si le seguía un
cortejo de milagros y de conversiones ruidosas, también supo de
otro cortejo doloroso de ingratitudes, de incomprensiones y aun de
persecuciones, hasta morir envuelto en un denigrante proceso inquisitorial.
¿Cómo describir,
siquiera someramente, tan inmensa labor? La amplitud portentosa de aquella
vida, tan extraordinariamente rica de historia y de fecundidad espiritual,
durante los últimos treinta años del siglo XVIII, a lo
largo y ancho de la geografía peninsular, se resiste a
toda síntesis. Sólo de la Virgen Santísima, a la que
especialmente veneraba bajo los títulos de Pastora de las almas
y de la paz, predicó más de cinco mil sermones.
Y seguramente pasaron de veinte mil los que predicó en
su vida de misiones, las cuales duraban diez, quince y
aun veinte días en cada ciudad.
La misión concreta de su
vida y el porqué de su existencia podría resumirse en
esta sola frase: fue el enviado de Dios a la
España oficial de fines de aquel siglo y el auténtico
misionero del pueblo español en el atardecer de nuestro Imperio.
Nuestros
intelectuales de entonces y las clases directoras, con el consentimiento
y aun con el apoyo de los gobernantes, abrían las
puertas del alma española a la revolución que nos venía
de allende el Pirineo, disfrazada de «ilustración», de maneras galantes,
de teorías realistas. Todo ello producía, arriba, la «pérdida de
Dios» en las inteligencias. Luego vendría la «pérdida de Dios»
en las costumbres del pueblo. Aquella invasión de ideas sería
precursora de la invasión de armas napoleónicas que vendría después.
No
todos vieron a dónde iban a parar aquellas tendencias ni
cuáles serían sus funestos resultados. Pero fray Diego los vio
con intuición penetrante –y mejor diríamos profética–, ya desde sus
primeros años de sacerdocio. Por eso escribía: «¡Qué ansias de
ser santo, para con la oración aplacar a Dios y
sostener a la Iglesia santa! ¡Qué deseo de salir al
público, para, a cara descubierta, hacer frente a los libertinos!...
¡Qué ardor para derramar mi sangre en defensa de lo
que hasta ahora hemos creído!»
Dios le había escogido para hacerle
el nuevo apóstol de España, y su director espiritual se
lo inculcaba repetidas veces: «Fray Diego misionero es un legítimo
enviado de Dios a España». Y convencido de ello, el
santo capuchino se dirige a las clases rectoras y a
las masas populares. Entre la España tradicional que se derrumba
y la España revolucionaria que pronto va a nacer, él
toma sus posiciones, que son: ponerse al servicio de la
fe y de la patria y presentar la batalla a
la «ilustración». Había que evitar esa «pérdida de Dios» en
las inteligencias y fortalecer la austeridad de costumbres en la
masa popular. Y cuando vio rechazada su misión por la
España oficial (¡cuánta parte tuvieron en ello Floridablanca, Campomanes y
Godoy...!), se dirigió únicamente al auténtico pueblo español, con el
fin de prepararle para los días difíciles que se avecinaban.
En
su misión de Aranjuez y Madrid (1783) el Beato se
dirigió a la corte. Pero los ministros del rey impidieron
solapadamente que la corte oyera la llamada de Dios. Intentó
también fray Diego traer al buen camino a la vanidosa
María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Pero, convencido
más tarde de que nada podía esperar, sobre todo cuando
Godoy llegó a privado insustituible de Palacio, el santo misionero
rompió definitivamente con la corte, llegando a escribir, más tarde,
con motivo de un viaje de los reyes a Sevilla:
«No quiero que los reyes se acuerden de mí».
Para cumplir
fielmente su misión, el Beato recibió de Dios carismas extraordinarios,
que podríamos recapitular en estos tres epígrafes: comunicaciones místicas que
lo sostuvieran en su empresa, don de profecía y multiplicación
continua de visibles milagros.
Pero Dios no se lo dio todo
hecho. Hay quienes, conociéndole sólo superficialmente, no ven en él
más que al misionero del pueblo que predica con celo
de apóstol, acentos de profeta y milagros de santo. Pero
junto al orador, al santo, al profeta y al apóstol,
aparece también a cada momento el hombre. También él siente
las acometidas de la tentación carnal; también él se apoca
y sufre cuando se le presenta la contradicción; también él
experimenta dificultades y desganas para cumplir su misión; y aun
sólo «a costa de estudio y de trabajo» –dice él–
logra escribir lo que escribe. Y a pesar de todo,
nada de «tremendismo» en su predicación, como no fuera en
contados momentos, cuando el impulso divino le arrebata a ello.
Y así, mientras otros piden a Dios el remedio de
los pueblos por medio de un castigo misericordioso, «yo lo
pido –escribe– por medio de una misericordia sin castigo». Y
no se olvide que vivió en los peores tiempos del
rigorismo. ¿Y cómo no iba a ser así, si él
fue siempre, como buen franciscano y neto andaluz, santamente humano
y alegre, ameno en sus conversaciones y gracioso hasta en
los milagros que hacía?
Pero el celo de la gloria de
Dios y el bien de las almas le dominaron de
suerte que ello solo explica aquel perfecto dominio de sus
debilidades humanas, aquella actividad pasmosa, lo mismo predicando que escribiendo,
y aquel idear disparates: como el deseo de no morir,
para seguir siempre misionando; o el de misionar entre los
bienaventurados del cielo o los condenados del infierno; o el
de marcharse a Francia, cuando tuvo noticias de los sucesos
de París en 1793, para reducir a buen camino a
los libertinos y forajidos de la Revolución Francesa.
Dícese de Napoleón
que, desterrado ya en Santa Elena, exclamaba recordando sus victorias
y su derrota definitiva: «La desgraciada guerra de España es
la que me ha derribado». Pero esta guerra no la
vencieron nuestros reyes ni nuestros intelectuales; la venció aquel pueblo
que había recibido con sumisión y fidelidad las enseñanzas del
«enviado de Dios». Este pueblo, fiel a la misión de
fray Diego, no traicionó a su fe ni a su
patria; los intelectuales y gobernantes, que habían rechazado esa misión,
traicionaron a su patria, porque ya habían traicionado a su
fe.
Sólo Dios puede medir y valorar –como sólo Él los
puede premiar– los frutos que produjo la constante y difícil,
fecunda y apostólica actividad misionera del Beato Diego José de
Cádiz. Describiendo él su vocación religiosa decía: «Todo mi afán
era ser capuchino, para ser misionero y santo». Y lo
fue. Realizó a maravilla este triple ideal. Su vida fue
un don que Dios concedió a España a fines del
XVIII. Por la gracia de Dios y sus propios méritos,
fray Diego fue capuchino, misionero y santo.
Fue beatificado por el
Papa León XIII el 22 de abril de 1894. Te gusta
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